La Casa Victoriana

Brontes, Gaskell, Dickens y mucho más


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Viajeras Victorianas I

“One cannot divide nor forecast the conditions that will make happiness; one only stumbles upon them by chance, in a lucky hour, at the world’s end somewhere, and holds fast to the days…” Willa Cather

Hacía tiempo que quería hablar de las viajeras victorianas, auténticas pioneras que lucharon contra todo tipo de obstáculos y prejuicios para poder hacer lo que realmente querían: descubrir el mundo que había más allá de la conservadora Inglaterra victoriana. La llegada a mis manos de un interesante volumen de la editorial Virago Press, publicado por primera vez en 1994 y reeditado en el año 2002, titulado  The Illustrated Virago Book of Women Travellers, editado por Mary Morris y Larry O’Connor es la excusa perfecta para esta serie de entradas.

Durante siglos, no estuvo bien visto que una mujer viajara sin estar acompañada por una  dama de compañía, un tutor o un marido. Viajar sola significaba correr un gran riesgo, no sólo para su integridad física sino para su imagen social e incluso moral. La libertad de conocer y de explorar más allá del mundo que les había sido asignado se consideraba algo peligroso, una aventura que le podría proporcionar conocimientos y compañías no adecuados.

A las mujeres se les negaba la oportunidad de moverse solas por el mundo y no se les permitía una participación activa en la vida pública, política o empresarial, forzándolas a cultivar sus sentimientos en privado y a sobrevalorar el romance por encima de cualquier otra cosa, ya que esa era la única vía de escape para abandonar el hogar familiar, y, con suerte,  poder salir de su entorno acompañando a sus maridos.

Las mujeres a las que vamos a homenajear en La Casa Victoriana son algunas de las excepciones que se liberaron del encorsetamiento y las ataduras que restringían el movimiento de las mujeres – en el prólogo del libro Mary Morris hace un interesante símil entre el apretado corsé de las mujeres occidentales y los pies atados de las mujeres orientales con la falta de libertad para respirar socialmente y poder moverse con libertad.

De todos modos no podemos esperar las mismas experiencias de viaje reflejadas por una mujer que por un hombre de la época – de hecho hay muy pocas obras sobre viajes escritas por mujeres; la manera de asimilar las nuevos conocimientos, el modo de adaptarse a las diferentes culturas, los miedos a sufrir algún tipo de agresión física, los rechazos sociales y el despertar no sólo intelectual sino físico de muchas de ellas, hacen que todos los testimonios recogidos, ya sea directamente o como inspiración para un poema o una novela, sean especialmente valiosos por las percepciones y complejas emociones que nos muestran.

Flora Tristan (1803-1844)

La vida de la reformadora Flora Tristán fue rescatada del olvido en 1925, cuando se publicó su obra Tour de France, un informe sobre su campaña sobre los derechos de los trabajadores franceses en las zonas industriales. Su temprana muerte de fiebres tifoideas frenó su sueño de creación de un sindicato universal de trabajadores que incluyera entre sus puntos fundacionales la igualdad de derechos de las mujeres. Su largo viaje en solitario a Perú, por cuestiones familiares, significó el despertar político y reivindicativo de la escritora, como ella misma refleja en su obra Peregrinations of a Pariah.

La que sería la abuela del artista Paul Gaugin, protagonizó uno de los hechos que más ríos de tinta hicieron correr en la crónica social de los periódicos franceses: cuando la ley de divorcio todavía era ilegal en Francia, Flora se separó de su marido, el empresario André Chazal. Recuperó su nombre de soltera y entabló una lucha por la custodia de sus tres hijos. El enfrentamiento pudo acabar en tragedia, ya que Chazal, que rechazaba el protagonismo político y social de su ya ex-mujer, le disparó por la espalda hiriéndola de gravedad. Los juzgados le concedieron la custodia de sus hijos y la declararon legalmente divorciada, condenando a André a 17 años de cárcel.

Frances Trollope (1780-1863)

Como su hijo Anthony Trollope, la autora británica fue una prolífica escritora de novelas, llegando a publicar un total de 34; pero, al contrario que su hijo, nunca recibió el reconocimiento ni la fama que él alcanzó. Su gran éxito fue el libro inspirado por sus viajes por Estados Unidos, Domestic Manners of the Americans, donde de forma irónica y desde un punto de vista muy británico, hacía un retrato de la nueva sociedad estadounidense, sus costumbres y carácter, centrándose muy especialmente en el entorno rural.

Independientemente del ataque mordaz, la obra muestra una profunda preocupación por el papel que la mujer representa dentro del ámbito familiar y público, llegando a lamentar lo que ella define literalmente como el “la lamentable insignificancia de la mujer americana”

Amelia Edwards (1831- 1892)

Mientras la mayoría de las viajeras británicas sentían la necesidad de mostrar su descubrimiento de la libertad a través de sus novelas y escritos sobre viajes, podríamos decir que el viaje de Amelia fue en sentido contrariou, ya que comenzó a viajar cuando ya era considerada una escritora de prestigio entre el público y la crítica.

Desde muy joven demostró un sobresaliente talento para la poesía y la novela, publicando varios de sus escritos a través de periódicos y revistas y alcanzando el éxito con novelas como Barbara’s History, y sobre todo con Lord Buckenbury, de la que se llegaron a hacer 15 reediciones. De espíritu inquieto, decidió viajar a Egipto en compañía de unos amigos, quedando inmediatamente fascinada por el pueblo y la cultura egipcia.

Sus viajes a Egipto los documentó en su libro A Thousand Miles Up the Nile, un masivo éxito de ventas, con el que comenzó una concienciación social por la protección de los tesoros y monumentos egipcios y la reivindicación de un turismo responsable y respetuoso con las culturas que visitaba.

Los últimos años de su vida, Edwards dejó de lado la literatura para dedicarse en cuerpo y alma al la egiptología y el coleccionismo, colaborando con varias asociaciones arqueológicas y convirtiéndose en una erudita sobre el tema. Pero ni siquiera su nueva pasión hizo que su afán por viajar y conocer nuevas culturas disminuyera, emprendiendo un nuevo viaje por las regiones más desconocidas e inaccesibles del Tirol, que plasmó en su obra Untrodden Peaks and unfrequented Valleys: A midsummer Ramble in the Dolomites, donde consigue transmitirnos cada una de las sensaciones que las culturas centroeupeas causaban en su educación victoriana británica.

 Mary Kingsley (1862-1900)

La vida de Mary Kingsley refleja, quizás, el estereotipo de la viajera victoriana más que cualquier otro, porque en ella están presentes casi todos los tópicos de la época.

Hija del escritor George Kingsley y sobrina del novelista y reformador Charles Kingsley (a quien le hemos dedicado un post en este blog),  fue una niña inquieta que, pese a su escasa formación, devoraba los volúmenes de la biblioteca paterna. Sus ansias de viajar y conocer otros mundos se vieron frenadas por la invalidez de su madre y la obligación de cuidarla.

Pero Mary nunca dejó de soñar con viajes a culturas exóticas, muy diferentes de los tours que ofrecían las agencias de vacaciones británicas, y, cuando sus padres fallecieron, se sintió lo suficientemente liberada y fuerte para embarcarse en sus propios proyectos. Así comenzó su sueño africano.

Además de lo exótico que resultaba una indefensa mujer victoriana conviviendo con las tribus africanas,  enfrentándose a los peligros de la selva, la prosa llena de humor de Mary Kingsley cautivó a los británicos que seguían con inusitado interés las experiencias de la viajera en canoa por el río Ogooué siendo atacada por los cocodrilos, encarándose con los leopardos, el descubrimiento del canibalismo y su escalada al monte Camerún, por una ruta que jamás había seguido otro europeo. Sus descubrimientos los reflejó en su libro Travels in West Africa, con el que le rindió homenaje a su padre, pues de algún modo sentía que ella estaba finalizando el trabajo que él había comenzado.

Pero más allá del espíritu aventurero, Mary desarrolló un gran espíritu reivindicativo, luchando por los derechos de los indígenas africanos a conservar su propia idiosincrasia, sin que los misioneros intentaran cambiar sus costumbres y creencias, lo que le trajo grandes críticas de los sectores eclesiásticos.

Isabella Bird (1831-1904)

La prestigiosa Royal Geographical Society ofreció por primera vez un puesto a una mujer como reconocimiento a su gran trabajo sobre culturas y viajes por todo el mundo. Esa mujer era la escritora británica Isabella Bird.

Esta viajera incansable, de fuerte y excéntrico carácter, se crió bajo la conservadora educación de su padre, un vicario inglés con el que recorrió multiples parroquias de todo el país. Hasta los 40 años de edad se vio relegada a tareas caseras y al cuidado de sus padres enfermos; pero fueron sus propias dolencias- fuertes dolores cervicales e insomnio crónico- lo que propiciaron que comenzara a viajar, ya que los doctores le recomendaron salir de la fría Inglaterra en busca de lugares más cálidos.

Comenzó sus viajes acompañada de su hermana Hanny, pero pronto se dio cuenta de que el carácter conservador de su hermana frenaba sus instintos aventureros, por lo que decidió emprender sus propias aventuras; viajó a Australia, Hawaii y a los Estados Unidos. Fascinada por el medio oeste publicó su exitoso A Lady’s Life in the Rocky Mountains.

Pero pronto, se vio necesitada de conocer otras cultras mucho más exóticas para una inglesa y eligió Asia como su próximo destino, visitando Japón, China, Malasya y Singapur. En las últimas etapas de su vida, esta mujer siempre inquieta estudió medicina y se estableció en la India aceptando la propuesta de matrimonio con el doctor John Bishop.


“If we grow weary of waiting, we can go on a journey.

We can be the stranger who comes to town” Mary Morris


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The Governess: la Institutriz Victoriana

El 8 de Marzo celebramos el día de la Mujer Trabajadora, y me gustaría hacer un especial énfasis en la palabra celebramos porque, aunque bien es cierto que todavía falta mucho camino por recorrer, sinceramente creo que la situación de la mujer en el mundo laboral occidental ha avanzado de una manera efectiva en el último siglo.

Por ello me gustaría dedicar esta entrada a aquellas mujeres que fueron abriendo caminos, luchando por su independencia económica y el derecho a trabajar y a valerse por sí mismas, a base de grandes sacrificios y de enfrentarse a una sociedad que era reticente a otro modelo de mujer diferente al establecido.

De entre todas ellas he elegido a una figura tan popular como desconocida: la governess, la institutriz victoriana, una suerte de niñera, profesora, educadora y amiga.

Tomaré como fuente The Victorian Nursery Book, un interesante y recomendable libro escrito por Antony y Peter Miall, que recoge información, testimonios e ilustraciones de como funcionaban las nurseries victorianas, ese espacio dentro de la casa donde los más jóvenes de la casa pasaban largas horas acompañados de la nanny o de la governess.

How delightful it would be to be a governess! to go into the world; to enter a new life; to act for myself: to exercise my unusual faculties; to earn my own maintenance.

Agnes Grey, Anne Brönte

Así expresaba Agnes Grey, la protagonista de la obra de la menor de las Brönte, su ilusión por el inicio de su salida al mundo para ganarse su propio salario e independencia aprovechando la cultura asimilada durante sus años de juventud en la rectoría de su padre.

Pero la vida de una institutriz estaba llena de tristezas y sinsabores. En la época victoriana, una mujer era educada con una sola misión: conseguir un buen marido, o al menos, un marido. Aquellas que tenían la desgracia de no conseguirlo tenían pocas opciones de salir adelante, ya que para una señorita no había muchos oficios adecuados, aparte de costurera o maestra.

La mayor parte elegían el mundo de la enseñanza, ya que, al menos, les aseguraba un techo en una casa respetable, lo que hizo que, en un momento dado, fueran muchas las candidatas que optaban a estos puestos y estuvieran dispuestas a aceptar el trabajo por salarios realmente bajos. (Hay una divertida escena en el libro de P.L.Travers, Mary Poppins, donde se refleja la gran cantidad de candidatas que asistían a cada entrevista para un puesto de institutriz, aunque aquí Travers retrata a una serie de maestras que ningún niño querría tener, como contraposición a la dulce Mary que está a punto de llegar)

Una institutriz preparada y educada por alguna de las mejores instituciones inglesas podría solicitar un salario de 100 libras anuales, aunque la necesidad de trabajo hacía que la mayor parte de las mujeres aceparan trabajar por una décima parte de esa cantidad.

¿Cuáles eran las cualidades que una buena institutriz debía poseer para ser la candidata ideal para una familia de clase media-alta? Nada lo prodría explicar mejor que la Cassell’s Household Guide, una guía para el hogar tremendamente popular en la época Victoriana:

Cualquiera que pretenda ejercer una autoridad sobre las mentes de lo más pequeños debe ser, en el sentido más literal de la palabra, una persona superior. Una institrutiz no debe ser sólo versada en las materias que vaya a enseñar sino que debe ser un ejemplo para los niños que tenga a su cargo – en conducta, actitud y hábitos personales. Muchas de las cosas que aprendemos en los libros cuando somos niños apenas las recordamos de adultos, pero raramente olvidamos el ejemplo que nos han dejado nuestros mayores y nuestros maestros (…)

Por ello, además de una entrevista personal y en profundidad, muy diferente de las estereotipadas listas de preguntas para las aspirantes al servicio doméstico, en una institutriz se observaba con especial atención su estilo en el vestir, su sentido de la justicia, su humanidad así como el sentimiento de sacrificio y entrega a los demás. Sin olvidar una austeridad en el salario a percibir, aún entendiendo la familia contratante la necesidad de la trabajadora en pensar en su futuro y en el ahorro para los años de vejez (sic)

Pero si ello no parecía suficiente, una buena institutriz debía ser capaz de enseñar inglés, francés, alemán e italiano; tener conocimientos de pintura al óleo, acuarela y carboncillo, geografía e historia; poder transmitir enseñanzas y preceptos religiosos y morales, así como matemáticas. También debían ser buenas maestras de música, y a ser posible, saber tocar algún instrumento, preferiblemente violín o piano. Se le presuponía una buena voz para dar clases de música y canto, ritmo y habilidad para enseñar baile y maña para la costura.

Además, a menudo, luchaban con una nanny demasiado condescendiente, madres histéricas y niños mimados e ingovernables. Todo ello por un sueldo miserable, que no solía superar las 20 libras anuales y, a pesar de todas sus virtudes, sin negarse a remendar la ropa de los niños y aceptar trabajos más propios del servicio doméstico que de su propia ocupación.

Al mínimo error o fallo, real o imaginario, o lo que era considerado como tal por la familia, era despedida en el acto, quedando con su pequeña maleta desvalida en busca de un lugar donde dormir y con el único pensamiento de volver a encontrar trabajo. Era complicado encontrar a una institutriz que durara en una casa dos años, del mismo modo que prácticamente no se encontraba una nanny que no lo estuviera. Y, ante la imposibilidad de encontrar una governess adecuada, las familias comenzaron a optar por las daily governess, institutrices externas, seleccionadas por empresas de servicios doméstico, que no vivían en la casa familiar sino que acudían diariamente durante unas horas para realizar sus tareas.

En uno de sus escritos Lady Lubbock narra una reveladora conversación con su institutriz, que estaba a punto de abandonar a la familia, obligada por la edad de la joven que, según las normas sociales, ya no precisaba de sus servicios.

La dama recuerda una tarde de paseo por el muelle con su institutriz, un momento casi perfecto de calma y complicidad. Uno de esos momentos que estaba a punto de no repetirse jamás por la marcha de su maestra y donde con una punzada de tristeza le confesó que la iba a echar muchísimo de menos.

Miss Cutting, la institutriz, le contestó con dulzura pero sin perder la compostura: “Querida, no te entristezcas. No creo que me vayas a echar muchísimo de menos, aunque es normal que ahora pienses así. Tú vida está empezando; encontrarás nuevos amigos e intereses y no tendrás tiempo para echar de menos a nadie. Pero yo sí te echaré de menos a ti, porque mi vida no se abre sino que se está cerrando como es natural para alguien de mi edad y seré feliz sólo con que tengas un rato para acordarte de mí y escribirme”.

Estas palabras de Miss Cutting resumen la vida de la governess, una mujer con una exquisita preparación, entregada en cuerpo y alma a su tarea, tan poco valorada como incomprendida. Ha sido representada a menudo como un ser desgraciado, arisco y carente de afecto, pero incluso esta actitud tiene su explicación: convivía con la familia más que ningún otro miembro del servicio doméstico, pero no era una más de la familia, la nanny la consideraba demasiado severa para tratar con sus niños y el servicio pensaba que era demasiado estirada para formar parte de ellos. Por todo ello, cuando no trabajaba, pasaba mucho tiempo sola en su cuarto, lo cual, a menudo, agriaba su carácter.

Afortunadamente, algunas veces, la vida de la institutriz no era tan triste, ya que encontraba el amor y la consideración que merecía entre algún amigo de la familia u otro miembro del servicio, habitualmente el maestro o preceptor de los jóvenes de la casa. Otras veces, pasaba de ser la governess de los más jóvenes a ser la dama de compañía de las mujeres de más edad de la familia, que precisaban de alguien de una preparación cultural adecuada y que además supiera de las normas sociales de comportamiento para acompañarlas en sus paseos o simplemente para conversar.

Charlotte Brönte, reflejó perfectamente la vida de estas mujeres  en las extraordinaria Jane Eyre, Villete y Shirley, y lo mismo hizo Anne Brönte en Agnes Grey.

Las protagonistas de estas novelas, gracias a las marcadas y particulares personalidades de las Brönte, que impregnan en todos sus personajes femeninos esa fuerza, distan mucho de ser esos seres entre patéticos y amargados para convertirse en mujeres llenas de fuerza y ganas de luchar , como otras tantas mujeres que a lo largo de los siglos han luchado por su independencia y su lugar en el mundo laboral.

Las governess de las Brönte son mujeres luchadoras, que analizan su entorno, lo sufren y lo disfrutan a partes iguales y que, frente a las adversidades de una mujer sola y sin dinero en una sociedad tan conservadora y clasista como la victoriana, son capaces de elegir su propio camino y a la persona con quien quieren compartirlo más allá de las convenciones sociales.

Sirva esta entrada como homenaje a estas mujeres, a menudo tan denostadas por la literatura y la leyenda, y tan preparadas para enfrentarse y adaptarse a un mundo continuamente cambiante.


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Tarjetas de San Valentín

Hace pocos días recibí un pequeño y curioso libro que me servirá de fuente para esta entrada-homenaje a una de las fechas que más disfrutaban los victorianos.  El libro, creo que descatalogado en la actualidad, se titula Tokens of Love, y está publicado por Abbeville Press y escrito por Roberta Ette, una apasionada de la fotografía antigua y coleccionista de ephemera, que ha pasado a engrosar mi lista de libros destacados sobre temática victoriana. El libro me resultó interesante no sólo por la información que contiene, sino por lo cuidado de su impresión y la alta calidad de reproducción de sus ilustraciones de tarjetas, grabados, viñetas, comics y otros objetos relacionados con las señales de amor (título del libro) a través de la historia.

A través de estas muestras de amor, la autora hace un ameno recorrido por los diferentes momentos históricos y culturales de occidente, centrando gran parte de su estudio en la época victoriana en la que el amor romántico triunfó sobre el amor pactado de épocas anteriores.

A comienzos del siglo XIX la señal de amor más popular era la tarjeta de San Valentín. Esas felicitaciones, hechas en frágiles papeles con mezclas de seda y satén y rodeadas por filigranas de encajes y puntillas, conseguía que cada visita del cartero, el 14 de febrero,  provocara crisis nerviosas.

Las St Valentine’s cards victorianas nos trasladan a una época donde los sentimientos de los enamorados se expresaban con cursis poesías escritas en envoltorios tan bellos como extravagantes, pero llenos de tierno amor y esperanza.

La tarjeta manía que se apoderó de los victorianos hizo que muchas empresas de material de papelería vieran en ello un gran negocio y comenzaran a proliferar marcas comerciales que se esforzaban por tener una imagen propia que las diferenciase de las demás y, así, ganar el favor del público, convirtiéndose en la marca favorita y de referencia. La mayoría de estas marcas trabajaban artesanalmente sobre diseños propios, lo que hace que las tarjetas sean tan bellas y al mismo tiempo tan valiosas. Merece la pena conocer su trabajo y casi empalagarnos de las dulces muestras de amor victorianas.

Dobbs Company of England

La marca Dobbs, fundada en Londres en 1803,  creó unas tarjetas de San Valentín de exquisita belleza hechas con delicadas puntillas de papel. Cada tarjeta estaba decorada por pinturas hechas a mano donde predominaban los temas de flores o cupidos, frecuentemente colocados sobre satén o seda. Además una pequeña leyenda o frase amorosa acompañaba a la pintura, frecuentemente recargada con plumas de colores, flores secas o lazos. Todo un alarde de decoración recargada que, aunque parezca mentira, quedaba muy elegante en su conjunto.

Eugene Rimmel

Los fabricantes estaban constantemente inventando nuevas combinaciones de materiales decorativos y recursos para hacer una presentación lo más agradable y espectacular posible. Uno de esos nuevos productos fue el presentado por Eugene Rimmel, cuya compañía operaba en Londres, París y Nueva York. Rimmel, un reputado perfumista, concibió un saquito lleno de esencias perfumadas dentro de un sobre al que no le faltaba ni una sola de las características de las cards victorianas.

El saquito que contenía las esencias estaba hecho de algodón grueso y se metía en un sobre decorado de brillante papel plateado con filigranas en relieve. A medida que el saquito de San Valentín se fue haciendo popular, Rimmel presentó nuevos sobres elaborados con diferentes materiales. Dependiendo del material, el saquito era más valioso, ya que se pusieron a la venta sobres de papel perforado que mostraba siluetas, cuero repujado, grabados de madera y litografías, adornadas con pinturas hechas a mano, bordados, papel cortado que simulaba encajes, sedas, plumas de exóticos pájaros de América del Sur, filigranas de cristal, lacados. Después del éxito del sachet perfumado, Rimmel se atrevió con diferentes y originales objetos para que las damas fueran agasajadas en este día especial; todo ello con el aroma de las deliciosas esencias Rimmel.



Joseph Mansell

Mansell se dedicaba a los productos de papelería cuando comenzó la fabricación de valentines en 1835. Las características más destacadas de sus tarjetas fueron el cutting del papel tan delicado y un trabajo tan proteccionista y cuidado al máximo detalle que podía ser confundido por encaje y puntilla real. Estas filigranas de papel no se quedaban un mero dibujo geométrico típico de los encajes sino que representaba figuras, edificios, árboles, pájaros y todo aquello que la prodigiosa imaginación de Joseph Mansell fuera capaz de trasladar a su exquisito dominio del corte de papel, que sugerían un elegante estilo camafeo.

Además, alrededor de 1840 empezó a tintar el papel con románticos colores pastel o con sorprendentes dorados que se mezclaban con los poemas y  distintivas siluetas que adornaban el centro de la postal.

Charles Magnus

La compañía de Charles Magnus, con sede en Nueva York, estuvo funcionando desde 1854 a 1870 y, a pesar del poco tiempo que estuvo en activo, hizo una de las aportaciones más revolucionarias al mundo de las cards, las tarjetas con elementos móviles, muy utilizadas posteriormente por los tarjeteros alemanes. Estos elementos aparecían unas veces sobre una hoja de papel con membretes dorados y otras sobre partituras musicales.

Esther Howland

Empapada por el espítitu romántico más puro, las tarjetas de Esther Howland pasaron de ser un pequeño presente de San Valentín para sus amistades, a convertirse en un objeto de deseo a ambos lados del Atlántico, como símbolo del refinamiento y la belleza por los amantes de las valentine’s cards.

Hija de un artesano de la industria del papel, comenzó a hacer sus propias tarjetas hechas de puntillas de papel y decoradas con scraps de flores. En ellas no faltaba una pequeña dedicatoria para expresar los mejores sentimientos a la persona amada.

Su padre se percató del éxito de las tarjetas de Esther entre las damas y la convenció para dedicarse a su diseño de un modo más profesional. El éxito de ventas fue tal que pronto montó un pequeño taller casero para el que contrató a varias amigas con la tarea decopiar las muestras que ella les entregaba. Alrededor de 1850 sus tarjetas comenzaron a ser más elaboradas, sin abandonar la alta calidad que las distinguía: las delicadas flores de papel pegadas y las parras y hojas pintadas a mano fueron paulatinamente sustituidas por los brilantes y coloristas scraps alemanes.

De hecho la utilización de las láminas de scrap para aliviar la rigidez de las puntillas de papel fueron una marca distintiva de las tarjetas Howland. Otras de sus características eran la superposición de capas de adorno de papel y scraps y la profusión de color en el tintado del papel y en las láminas. Además las tarjetas contenían un pequeño mensaje en una hoja de papel separada. Todo ello sin olvidarnos de la H de Howland que aparecía en el reverso de las cards, bien en la esquina superior o inferior, bien en el centro acompañada por un corazón blanco.

En 1880 Esther Howland vendió su exitoso negocio a George C. Whitne y& Co.para dedicarse a cuidar a su viudo padre, necesitado de cuidados a causa de un grave accidente.

George C. Whitney & Co.

Asentado tanto en Europa como en Estados Unidos la Whitney Company se dedicó intensivamente al negocio de las cards en el último cuarto el siglo XIX. Su política consistió en encargar el papel cortado desde los mejores talleres de Inglaterra e imitar el estilo Howland, sustituyendo la H del reverso por una W. Además esta compañía compró la A.J. Fisher Company de Nueva York comenzando otro lucrativo negocio, el de los comics de San Valentín, uno de sus productos más populares.

Animado por el éxito, Whitney decidió incrementar su negocio prescindiendo de los proveedores ingleses para fabricar ellos mismos el papel y los adornos. Después del incendio de 1915 donde la fábrica de Whitney casi desaparece, la empresa retomó su actividad dirigida por su hijo Warren hasta su cierre en 1942, acuciada por las restricciones comerciales y la escasez de papel que impuso el tiempo de guerra.

Ilustradores de Valentines

Me gustaría terminar este post haciendo mención a dos magníficos ilustradores que hicieron del diseño de tarjetas de San Valentín todo un arte. Estos ilustradores trabajaban por encargo, dibujando tarjetas para empresas que los imprimían en serie y los distribuían por toda Europa occidental y Estados Unidos. Frente a las tarjetas que describimos anteriormente donde predominaba el trabajo artesanal, estas tarjetas eran impresiones que se vendían a precios mucho más populares y que crearon una auténtica cardmania en la sociedad victoriana.

La primera de ellas la inigualable Kate Greenaway, a la que le dedicamos ya un post en este blog, y cuyas ilustraciones nos llevan a una infancia llena de ternura e inocencia, que supo reflejar en unas tarjetas llenas de dulzura.

Samuel L Schmucker, ilustrador estrella de Marcus Ward, cuyos diseños son fácilmente identificables por sus bellísimas  ilustraciones a todo color de damas victorianas enamoradas, acompañadas de una pequeña leyenda o poema referente al amor. Todas sus tarjetas tenían un elaborado y cuidado diseño con imágenes muchas veces en relieve, marcos dorados de filigrana y letras en diferentes fuentes calígrafas en las que combinaba varios colores. Un conjunto con el que quizás identificamos la tarjetas de valentine victoriana más que con cualquier otro.

Si quieres más informacion sobre tarjetas de San Valentine y scrap victoriano visita:

http://www.indiana.edu/~liblilly/index.php

http://www.scrapalbum.com/

http://www.antiques-atlas.com/antiques/Ephemera/Greetings_Card/Valentines_Cards.php

Y si te interesa la moda victoriana visita una coleccion de paper dolls victorianas en  mi blog:

www.casitadepapel.wordpress.com

¡Feliz St Valentine’s Day!


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E.T.A Hoffmann


Llevaba unos días pensando en cuál sería el mejor post para felicitar estas fiestas. Lo primero que se me ocurrió fue el tan evidente – y tan adecuado – Cuento de Navidad de Charles Dickens, pero algo me dice que Mr Scrooge nos visitará de nuevo en estas fiestas desde decenas de adaptaciones más o menos logradas desde todos los canales de televisión.

Así que recordé otro clásico navideño, El Cascanueces, y E.T.A Hoffmann y el Romanticismo Alemán me parecieron perfectos para ser invitados en La Casa Victoriana en estas fechas navideñas, principalmente porque, aunque este cuento es una obra universalmente conocida gracias a la adaptación musical que hizo Tchaikovsky, posteriormente convertida en ballet, poca gente sabe que es obra del polifacético escritor prusiano.

Para ilustrar esta entrada he elegido los bellos dibujos de la ilustradora checa Dagmar Berková, que creo que transmiten perfectamente el espíritu de los personajes de Hoffmann.

E.T.A Hoffman, Ernst Theodor Amadeus Willhem Hoffman, nació en Prusia en 1776 y aunque Amadeus no formaba parte de su nombre original, lo adoptó como homenaje a su admirado Mozart. Su primera vocación fue la dedicación al mundo judicial, ejerciendo de jurista hasta la derrota de Prusia a manos de las tropas napoleónicas. Este revés en su carrera de jurista fue el detonante de que tuviera que dedicarse al mundo de las artes, que hasta momento sólo había considerado una especie de pasatiempo.

De este modo las inseguridades de Hoffmann respecto a su talento quedaron ampliamente superadas ante el éxito de su obra musical, que incluye obras para orquesta y piano, óperas y ballets, su trabajo pictórico, una sublime obra escrita y sobre todo su gran influencia como inspirador para otros artistas que crearon óperas y ballets a partir de su obra. Como ejemplos más destacados, además de El Cascanueces,  están Jacques Offenbach y su ópera Los Cuentos de Hoffman o Leo Delibes para su ballet Copelia. Otros autores como Schumann, Wagner o Donizetti hallaron inspiración para su obra en los personajes, argumentos o piezas musicales del prusiano.

Como escritor es uno de los autores más destacados del Romanticismo Alemán. Comenzó a escribir alrededor de los diez últimos años de su corta vida, y cuando según testimonios de sus familiares y conocidos, era totalmente dependiente del alcohol. Sus cuentos cortos están llenos de suspense y horror, llevando al lector a un terror psicológico provocado por sus personajes fantasmagóricos y sus atmósferas sobrenaturales, donde realidad y fantasía se entremezclan creando un mundo único. Sus cuentos cortos fueron reunidos en un recopilatorio de dos volúmenes titulado Piezas Fantásticas, donde se reúnen todas las características más destacadas del cuento de terror gótico. Son especialmente recomendables El Hombre de Arena y Vampirismo. Su novela Los Elixires del Diablo está considerada una obra cumbre, no sólo del Romanticismo Alemán sino de la literatura universal.

El cine y la animación no ha podido resistirse a El Cascanueces, produciendo adaptaciones no siempre fieles al espíritu del cuento de Hoffmann, edulcorando y suavizando su contenido para hacerlo más comercial. De todas ellas mi preferida es la adaptación animada rusa de 1973, dirigida por Boris Stepansev, más cercana al cuento original que a la adaptación para ballet de Tchaikovski. Los enlaces pertenecen a la versión original rusa con subtítulos en inglés. Desgraciadamente ni la calidad del video ni del audio son las mejores para disfrutar tanto de la película como de la música, pero aún así, merece la pena ver esta pequeña joya de la animación.

The Nutcracker. Parte 1.

The Nutcracker. Parte 2.

The Nutcracker. Parte 3.

Si quieres deleitarte con una de las mejores adaptaciones del ballet de Tchaikovski, te recomiendo la versión del American Ballet Theatre, protagonizada por Mikhail Baryshnikov en el papel del Príncipe Cascanueces y por Gelsey Kirkland en el de Clara. Esta es la versión del ballet adaptada para la televisión en 1977 – y mi favorita.

The Nutcracker Ballet

Para todos aquellos que queráis leer la versión íntegra de El Cascanueces tenéis una buena traducción en esta página:

http://www.navidadlatina.com/cuentosypoesias/elcascanueces.asp

Si estás interesado en el Romanticismo Alemán y la figura de Hoffman como inspirador de los artistas de su época os dejo una página recién descubierta de la RNV holandesa en su versión en español, que me ha encantado, donde además de situarnos en el contexto histórico del autor con una información muy completa, se adereza con las piezas musicales que ha inspirado:

http://www.rnw.nl/espanol/radioshow/eta-hoffmann-como-inspirador

¡Felices y Victorianas Navidades para todos y todas!


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Moda Victoriana: Ropa Femenina

En primer lugar, me gustaría daros las gracias a todos y a todas por la gran acogida que le habéis dispensado a la entrada sobre Edgar Allan Poe y su obra El Cuervo. Me he sentido desbordada por el número de visitas y sobre todo muy halagada por las reseñas sobre el blog que han aparecido en otras bitácoras y páginas relacionadas o no con la estética y la cultura victoriana.

Por primera vez, desde su apertura, La Casa Victoriana se convierte en una casa de modas, en un desfile que hará un breve recorrido por la moda femenina y masculina del siglo XIX, sus sombreros, zapatos, corbatas y ropa interior.

En la red hay muchas y muy buenas páginas relacionadas con la moda victoriana con abundante y detallada información por lo que aquí condensaré con breves pinceladas y definiciones un siglo de moda masculina y femenina, intentando exponer de forma breve una de las características destacadas de una sociedad que descubrió en la moda no sólo un mero vehículo estético sino que utilizó ésta como método diferenciador entre las clases sociales.

Modistas, sastres, casa de moda, los primeros diseñadores y desfiles y por supuesto los comerciantes vieron en la pasión por la moda un gran negocio, lo que ayudó a crear el germen del desarrollo de industria textil en el siglo XX.

Comenzamos haciendo un breve resumen por la moda femenina desde principios de siglo hasta los albores del siglo XX.

Alrededor de 1800 el estilo de vestido que estaba en boga en Europa era el denominado estilo imperioempire gown- más identificado con el periodo de la Regencia que con la Era Victoriana.

El diseño era sencillo, con la cintura muy alta, anudada bajo el pecho, sin marcar la figura, con un largo hasta los tobillos dejando ver los pies. Las mangas cortas tipo farol o largas ajustadas. Bajo el vestido, elaborado con telas muy finas como la muselina, se usaban ligeras enaguas de algodón y una especie de sostén llamado zona para sostener el pecho.

Para protegerse del frío las damas utilizaban abrigos de lana fina; uno de los modelos más utilizados era una chaquetilla corta del tipo torera, habitualmente con mangas abullonadas y doble botonadura. En otras ocasiones los vestidos se cubrían con chales – shawls.

Los mobcaps o cofias de algodón blanco tan populares en el siglo XVIII y los primeros años del XIX utilizados para cubrir la cabeza en el interior del hogar y posteriormente utilizados por el servicio, fueron paulatinamente evolucionando hacia los bonnets, un sombrero de ala ancha que se ataba con una lazada bajo la barbilla. El bonnet se confeccionaba en varios estilos : el cottage bonnet un bonete tipo campesino, hecho de paja y adornado con sencillez, el sun bonnet, más ancho para proteger la cara de los rayos solares, el drawn bonnet, un gorro más elegante y elaborado, típico de las damas victorianas de ciudad, el poke bonnet, o bonete con un velo muy fino que cubría el rostro y el elaborado y recargado tall-crowned bonnet, con la parte posterior más alta y muy ornamentado con flores, lazos y telas. Los materiales utilizados para confeccionarlos eran terciopelo, satén, algodón, gasa y paja.


A medida que avanzaban los tiempos y la sociedad industrial adquiría un mayor nivel adquisitivo, los trajes fueron haciéndose más recargados, con vistosos bordados, telas llamativas y caras como el terciopelo y la seda de colores,  mientras que lazos y azabaches dotaban de un espectacular acabado a trajes como los flounced dresses, vestidos de faldas de capas o volantes. Estos vestidos, contrariamente a los empire gowns, eran muy ajustados al cuerpo, de mangas largas marcando la cintura con chaquetas estrechas y ceñidas a la cintura. El amplio vuelo de las faldas se conseguía con enaguas de aros o crinolinas. Su longitud era larga, sin dejar ver los pies de las damas.

Fueron también muy populares en esta época los vestido de princesa, princess dress, largos, de una sola pieza con un cuerpo ajustado y una falda con crinolina. Una característica distintiva del vestido era su botonadura que iba desde la parte superior hasta los pies.

Hacia la segunda mitad del siglo, sobre 1870 un nuevo estilo de vestido se hizo muy popular: el hourglass dress. Su forma de reloj de arena con un cuerpo muy ceñido, destacando el busto y la cintura para hacerse más ancha en las caderas la proporcionaba no sólo el vestido sino también los corsés que tan de moda se pusieron – y tantos problemas de salud le causaron a las mujeres.

Para acentuar aún más la estrechez de la cintura, el vestido se ancheaba en las caderas y a la altura del trasero con la ayuda de un polisón.  El vestido era largo y se estrechaba a la altura de los tobillos, lo que hacía difícil caminar. Para complicar aún más las cosas hacia 1880 el vestido se hizo más largo, y el polisón y la falda incrementaron su tamaño, pero con el corsé lo más apretado posible para contrastar pecho, cintura y cadera, creando una figura casi imposible.

La similitud de la figura de la mujer con un reloj de arena hizo que a este tipo de vestido se le llamara hourglass figure dress.

Los materiales utilizados eran sedas, satén y bordados para las ocasiones formales y lana, algodón y terciopelo para los paseos. Los sombreros eran pequeños, de ala corta pero muy recargados en sus adornos, con plumas, guirnaldas e incluso ¡pájaros!. De hecho fue famosísimo el denominado bird’s nest hat, sombrero nido de pájaro, por llevar en su parte superior uno o dos pájaros en sus nidos – no vivos, of course!

Por esta época y como complemento de la ropa de fiesta se pusieron de moda los turbantes de seda, adornados con joyas, plumas y flores, influenciados por la cultura hindú.

En la última década del siglo, la mujer comenzó a liberarse poco a poco de las incomodidades de los polisones y las crinolinas, sustituyéndolas por simples enaguas y pantaloncitos o drawers más adecuados para usar trajes más cómodos y prácticos. La mujer comenzaba a incorporarse paulatinamente al mundo laboral administrativo y necesitaba libertad de movimientos. Las vistosas exageraciones de mitad de siglo dieron paso a trajes con twill walking skirts, faldas circulares, ceñidas con un cinturón y acampanadas en la parte inferior, ligeramente más cortas que sus antecesoras, dejando ver sus botines. Completaba el vestuario de esta nueva mujer una blusa de cuello alto y mangas abullonadas y una chaqueta corta y ajustada. La cabeza se cubría con un sencillo sombrero pequeño y poco adornado o por un simpático sombrerete de paja de nominado straw sailor hat, únicamente engalanado con un lazo o una pluma pequeña.

Los complementos más utilizados por las mujeres victorianas eran los parasoles y los pequeños bolsos, tipo bombonera, drawstring hangbag, adornados con azabaches y hechos de satén y terciopelo, con elaborados bordados, abanicos y mutones, fur muffs.

Como hemos visto poco a poco el proceso de revolución industrial y la incorporación de la mujer a la vida social más allá de la anfitriona casera y madre de familia fueron moldeando los diseños de la moda a través de los años, pero también creando un nuevo modelo de negocio muy lucrativo, que no ha dejado de crecer en los siglos sucesivos.

La próxima entrada dedicada a la moda ilustrará la moda masculina, que al igual que la femenina, sufrió una importante transformación a lo largo del siglo.

(La ilustración de agradecimiento es de Victorian Freebies y la mujer con sombrero de pájaro es de Graphics Fairies)



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Edgar Allan Poe: El Cuervo

Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.

Esta frase de Edgar Allan Poe me parece el perfecto prólogo para hablar sobre uno de los mejores novelistas y poetas que ha dado la literatura norteamericana y a quien damos la bienvenida por primera vez a La Casa Victoriana en este tiempo de misterio y almas perdidas que es el Samaín, en mi tierra, o Halloween en tradición anglosajona.

Sabéis que en todos los post pongo especial cuidado en la elección de las ilustraciones que acompañan a los textos. En este caso me he decidido por ilustraciones de la artista británica Lisa Perrin, a quien le agradezco nuavemente su permiso para reproducir sus obras – al final del artículo os dejo la dirección de su blog y la entrada que hice en Mi Casita de Papel con sus magníficas paper dolls de Emily Dickinson y Sylvia Plath – del genial Gustave Doré, de John Tenniel, y por último de Edmund Dulac, que pondrá la nota de color a este homenaje en blanco y negro (poniendo el ratón sobre las imágenes veréis el nombre de su autor)

Una breve biografía

Edgar Poe nació en Baltimore en 1809, y habiendo quedado huérfano muy joven fue acogido por el matrimonio Allan, de quien adoptó su apellido. John Allan era un hombre severo a quien le disgustaba enormemente que su hijastro, a quien habían educado en los mejores colegios privados de Inglaterra y Estados Unidos no encontrara su lugar y gastara su dinero en alcohol y en el juego. Por este hecho fue expulsado de la Universidad de Virginia donde cursaba estudios.

Allan, decepcionado y cansado con la actitud de su hijastro amenazó con desheredarlo y repudiarlo sino se enmendaba. Para evitarlo Edgar encontró un trabajo en una oficina que no le duró demasiado, ya que aborrecía la vida organizada y controlada. Despedido de su trabajo, aprovechó para buscarse la vida como escritor publicando su primer trabajo sin mucho éxito.

Sin dinero, intentó reconciliarse con su padre enrolándose en el ejército. Allan pensando que su hijo se había enmendado, se encargó de que obtuviera un rápido ascenso, pero pronto fue expulsado por incumplimiento del deber.

Rotos todos los lazos con sus padres adoptivos decidió dedicarse a la literatura y al periodismo, donde poco a poco, gracias a su estilo mordaz y a sus relatos cortos y poemas tan inquietantes como diferentes fue haciéndose un nombre de referencia.

Aunque su gran pasión era la poesía, las necesidades económicas le hicieron trabajar como articulista para varias revistas y, afortunadamente para todos sus lectores, adentrarse cada vez más en el terreno de la prosa, de la que se convirtió en un maestro y en un escritor de referencia y extraordinaria influencia que ha llegado hasta nuestros días.

Sus argumentos inquietantes, sus protagonistas casi desquiciados, algunos al borde de la locura, los desenlaces inesperados se convirtieron en el sello personal de los relatos cortos del escritor norteamericano.

Se casó con su prima, Virginia Clemm, de tan solo 13 años en 1835, causando un gran escándalo en la sociedad de su época. La joven murió en 1847, dos años después de la publicación de El Cuervo, dejando a un Edgar desolado, sumido en la depresión, el alcohol y las drogas. Edgar Allan Poe murió en 1849, dos años después del fallecimiento de su esposa.

Como suele ocurrir el verdadero valor de su arte como escritor fue más valorado por las generaciones posteriores que por sus contemporáneos.

Su obra no es muy extensa en cuanto cantidad, aunque irradia calidad tanto desde sus poemas como desde sus narraciones.

El Cuervo

El cuervo fue publicada en 1845. Narra la visita de un cuervo a la casa de un amante desesperado por la pérdida de su amada Leonor. La atmósfera enrarecida, asfixiante y casi sobrenatural que transmite el poema nos hace vivir el dolor del amante hasta los mismos límites de la locura, mientras el cuervo repite un hipnotizante Nevermore (nunca más). La musicalidad y el lenguaje del poema acentúan más la sensación de desasosiego que transmite el poema.

El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Si preferís escucharlo y leerlo en inglés, a la vez que veis las ilustraciones de Dore os recomiendo este video donde el poema está excepcionalmente narrado por el inigualable Vincent Price.

Y no he podido resistirme a poner este recortable de Lisa Perrin

¡Feliz Haloween a todos! Bo Samaín!

Muchísimas gracias a todos/as por vuestros comentarios y sugerencias que merecen una actualización de esta entrada.

Cuando estaba escribiendo este post no pude dejar de recordar el inolvidable homenaje que Los Simpsons hacen a El Cuervo con una versión tan buena como irreverente. Me parece estupenda la sugerencia de Fina de rememorarla así que la añadimos a esta entrada.

Y gracias a Sonia he hecho todo un descubrimiento: las Historias de Juan José Plans en RNE. Plans no sólo narra admirablemente cuentos y relatos, sino que hace un repaso por las efemérides del año en el que fue escrito, y nos trae una pequeña introducción a la vida y obra del autor. Muy recomendable. No dejéis de visitar su Miedoteca, para noches de Halloween o de oscuras y atronadoras tormentas…

Os dejo un link con los Podcast del programa (y La caída de la Casa Usher, como destacado)

http://www.ivoox.com/temporada-1-prog-23-el-humdimiento-casa-del-usher-audios-mp3_rf_865993_1.html

Laura, anímate con Poe, en cuanto comiences no podrás parar y acabarás leyéndote todos sus cuentos, te lo aseguro.

Bo e terrorífico Samaín!


http://lisaperrin.blogspot.com

http://casitadepapel.wordpress.com/category/lisa-perrin


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Arts and Crafts: Charles Robert Ashbee

Hacemos un pequeño paréntesis en el mundo de los cuentos que se habían instalado durante estos meses en La Casa Victoriana para dejar paso a un movimiento que revolucionó el modo de entender las artes y el diseño y que dio cobijo a figuras tan relevantes y conocidas como William Morris.

Pero no es a él a quién vamos a dedicar el post de hoy sino a Charles Robert Ashbee, fundador de la Guild and School of Handicraft (Gremio y Escuela de Artesanía) y uno de los pilares del movimiento de Arts and Crafts.

Charles Robert Ashbee nació en Londres en 1863; hijo de un acomodado comerciante inglés, gran aficionado al arte y bibliografo reconocido, estudió en los mejores centros londinenses, como el King’s College y el Wellington. Interesado en las nuevas corrientes artísticas y sociales conectó rápidamente con los postulados de John Ruskin.

La doctrina de Ruskin y el pensamiento socialista de Morris se unieron para dar forma al Gremio y Escuela de Artesanía que Ashbee fundó en el distrito londinense de Whitechapel, en Londres. En este centro Ashbee aglutinó a los más innovadores artistas de la época. A pesar de sus diferencias personales, todos compartían una ideología artística: recuperar la esencia del arte más puro, basado en las formas de la naturaleza, la creación de piezas únicas, con alma.

Y cuando hablamos de arte nos referimos a todas las manifestaciones artísticas: mobiliario, cerámica, pintura, loza, joyería…Para los integrantes del Gremio los objetos cotidianos cobraban vida si realmente se establecía una conexión entre el objeto y la función para la que ese objeto había sido concebido.

Todo ello se contraponía con el concepto de arte que trajo consigo la Revolución Industrial: arte hecho en serie, en fábricas, piezas hechas para un mero uso funcional sin ningún fundamento estético.

Los integrantes del Gremio pensaban que arte y artesanía formaban parte de un todo y separar al artista del arte era una aberración no sólo estética sino ética. Pero iban aún más allá: propugnaban una vuelta al medievalismo, al trabajo colectivo y grupal, todo encaminado a  la consecución de un producto con un acabado de calidad tanto en su diseño como en su carácter funcional, donde artesano y cliente se sientas satisfechos con el resultado final.

Algo que nos puede parecer obvio, desde un punto de vista artístico, no lo era (no lo es) desde un punto de vista económico y social. Si a duras penas en nuestra sociedad de consumo actual lo comprendemos -consumimos objetos hechos en serie, pocas veces de verdadera calidad y con materiales no naturales- y hemos relegado a los artesanos, de cualquier gremio, a pequeños talleres donde su arte y su producción no pueden competir en precio con la maquinaria empresarial china, debemos ponernos en la piel de una sociedad de emergente burguesía, como la de la Revolución Industrial, que, de pronto,  podía acceder a pequeños lujos decorativos, aunque no fueran de reseñable calidad, pero que le hacían sentirse más cerca de las clases aristocráticas a las que soñaban parecerse.

Por este motivo, aunque el movimiento Arts and Crafts fue revolucionario en su época, podemos decir que el reconocimiento de su ARTE (con mayúsculas) fue reivindicado como genial más desde la posteridad que desde su presente, ya que en un momento dado, el impacto causado y el deseo de muchos burgueses de participar de este movimiento fue el primer paso hacia el punto del que el propio movimiento quería huir: las imitaciones de baja calidad.

Pronto salieron imitadores a nivel industrial, producciones en serie que copiaban los diseños del Gremio y de la compañía creada por Morris, haciendo que las tesis del movimiento perdieran su propia esencia.

En este punto Charles Ashbee decide ir más allá del movimiento y abrazar el maquinismo o ideología maquinista. Este movimiento se integraba en la nueva creencia racionalista de que las máquinas y la industria ya formaban parte de una asociación indisoluble con el progreso económico, social y artístico. No aceptar esta premisa era quedarse atrás y no avanzar con la sociedad.

Pero Ashbee, da una vuelta de tuerca al pensamiento maquinista en serie y decide aplicar las teorías de Arts and Crafts a la corriente imperante: el diseño industrial. No se trataba de abandonar la esencia del producto, sino de darle un nuevo significado: diseñar y producir objetos usando todo aquello que tenía a su alcance, y la nueva maquinaria y las industria moderna podían ser el pilar de esa producción. Ashbee no consideraba que su nuevo concepto de arte sacrificara al artesano, sino que transformaba al artesano en diseñador industrial, siendo sus manos la máquina.

En 1905 el Gremio y Escuela de Artesanos desapareció, pero su esencia evoluciónó en la mente de Charles Robert Ashbee.

Todas las imágenes pertenecen a piezas (maravillosas piezas) diseñadas por Charles Robert Ashbee.

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